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Reivindicador y Conciliador Por Carlos Allo
Lidió desde el primer momento con la mirada de sospecha que algunos grupos de poder pusieron sobre el Vaticano cuando su predecesor, Juan Pablo I, encontró la muerte a sólo 33 días de ser ungido. La marketinería no era como hoy, pero el Vaticano jamás estuvo ajeno al conocimiento del manejo de su imagen política (sino más bien todo lo contrario). Por lo tanto, Karol Wojtyla salió al ruedo a aliviar lo más pronto posible las angustias de la feligresía, dos veces de duelo en 1978. Fue el Papa que pidió perdón histórico por algunas cuestiones que hicieron alejar a la Iglesia de su objetivo. Es claro que al ser su imagen tan excluyente en el universo eclesiástico, los gestos de reivindicación se terminan transformando en una proclama de voluntad personal, que apenas enjuaga las múltiples desviaciones del camino marcado por Jesucristo, que la Iglesia Católica experimentó. La importancia del Papado de Juan Pablo II abarca aspectos desconocidos por la autoridad eclesiástica hasta su aparición en el sillón de Roma. El más importante de todos es que el Papa polaco le bajó varios niveles de soberbia al catolicismo. Buena parte de los cristianos no católicos consideran este tema como una actitud sólo sinbólica, como de quien salió a "recuperar mercado". Pues bien, no se descarta la preocupación de la Iglesia por mantener cuantitativamente la estructura que abarca una porción inmensa de los seres hemanos que responden a su dogma; pero aparte de demostrar "reflejos", era necesario que la Iglesia se uniera a los repudios crecientes en el mundo por hechos históricos, antiguos y no tanto, de los que inescondiblemente el Vaticano estaba manchado. Veamos... ¿qué valor tiene la rehabilitación de Galileo Galilei? Tanta como los perdones pedidos por las Cruzadas y la Inquisición toda. A una distancia de tantos siglos transcurridos, parecería una causa enterrada en el vasto bosque de las prescripciones de la historia. Sin embargo, entre las miles de posibles "prioridades políticas" que la Iglesia puede encarar, las reivindicaciones históricas coinciden con lo que millones de personas han esperado durante siglos por parte de sus jefes espirituales y que sólo fue posible con Wojtyla. Galileo fue condenado a prisión domiciliaria en sus últimos años por seguir a Copérnico en su teoría heliocéntrica y contradiciendo las Escrituras, que expresan que la Tierra es el Centro del Universo. En 1992, por impulso del Papa, el tema Galileo Galilei involucró a la Academia Pontificia de Ciencias, al Instituto de Ciencias Weizmann de Israel y a cuanto científico interesado resolver definitivamente una injusticia emanada de la estrechez de algunos cardenales enceguecidos a mediados del Siglo XVII. Injusticia por soberbia, más papelón por silencio resultaba una carga demasiado pesada para un Pontífice ágil en cuestiones de despejar el camino de obstáculos para enmendar todo lo enmendable. Entonces, Juan Pablo II, en su discurso en la Asamblea Plenaria de la APC el 31 de octubre de 1992, reivindica a Galileo con los reconocimientos científicos y halagos personales correspondientes, apelando a una frase de San Agustín del año 370, que los cardenales conocían muy bien y por tal motivo, da cuenta de que hasta que no apareció un Papa con intención de contemporizar cristianamente, a nadie le había importado usar el cerebro a la hora de dirimir discusiones contra la ciencia irrefutable. Cita el Pontífice a San Agustín: «Quien a una razón evidente y segura contrapone la autoridad de la sagrada Escritura da muestras de no comprenderla de modo correcto. No es el sentido genuino de la Escritura lo que opone a la verdad, sino el sentido que él le quiso dar. Lo que opone a la Escritura no es lo que está en ella, sino lo que él ha puesto en ella, creyendo que constituía su sentido». El asunto estaba resuelto 1300 años antes, pero los cardenales de 1630 estaban engolosinados impunemente con la Inquisición interpretando las escrituras a su gusto literal compulsivo. Karol Wojtyla comprendió que en la Era de las Comunicaciones no sólo había mayores oportunidades de ocupar los cierres de programación para santificar el descanso desde los canales de TV con curitas simpáticos. Esta Era también traía consigo una mirada con lupa de cuanta cosa la Iglesia podía evidenciar esos desvíos en el camino criestiano. Durante más de 26 años entonces, Juan Pablo II se propuso varias misiones, entre ellas la de apagar algunos incendios; no todos, claro... eso puede llevar varios papados. |