Bruce
Miller, uno de los más eminentes neurólogos
norteamericanos, catedrático de la Universidad de California,
presentó durante el último Congreso de la Academia Americana
de Neurología, una comunicación científica donde
asegura haber investigado, a través de 72 casos, la enfermedad de
Pick, un grave proceso degenerativo del sistema nervioso.
Lo
notable es que Miller asegura que la enfermedad produce, entre otros efectos, un
cambio de personalidad hacia tipos que generalmente se consideran como
"progresistas".
Dice que se
trata de pacientes de talante conservador y tradicional que, como consecuencia
de una degeneración neurológica, cambian totalmente de
comportamiento: se adhieren a asociaciones radicales, visten ropas
deshilachadas, se decoran con abalorios extravagantes, y adoptan posiciones
políticas izquierdistas, incluso extremadas. Una paciente -acotó
Miller- llegó a propugnar que se expulsara del planeta a todo ciudadano
derechista.
En síntesis, según la crónica remitida
al Congreso, para el doctor Bruce Miller el progresismo es consecuencia
de un proceso neurodegenerativo, de una enfermedad somática que empieza
trastornando la personalidad y puede desembocar en diversas formas de demencia.
De este modo,
obtuvo la confirmación clínica de una observación muy de
moda en ciertos psicólogos estadounidenses que relacionan la personalidad
izquierdista con el resentimiento, o sea, con el repudio de los valores y la
exaltación de los contravalores, enfatizando
que los comportamientos de ciertos "progresistas" no son
solo grotescos, sino imposibles de justificar desde el sentido común
porque adolecen de irracionalidad.
Según expresa el Dr. Miller, el
progresismo respondería a una dolencia del tipo del Alzheimer,
en este caso, a una descomposición del cortex en la parte derecha del
lóbulo frontal.
El Dr. Miller,
para redondear su estudio, considera que cuando la medicina descubra un
tratamiento adecuado, es probable que desaparezca en los promotores la
anomalía progresista y se imponga la normalidad en las sociedades
humanas. Las cabelleras teñidas de verde, los andrajos caros, los
collares astrosos, las bufandas en verano, el lenguaje soez, el libertinaje
sexual, la protesta permanente, las actitudes pseudorevolucionarias, el
permisivismo moral, la contracultura... serán síntomas que
aconsejarán un tratamiento no político o doctrinal, sino
estrictamente médico.
Si el autodesplome del socialismo real
-concluye Miller- significó la unificación socioeconómica
de la Humanidad en torno al modelo de iniciativa privada y de mercado libre, es
posible que la cura del síndrome progresista unifique en sentido
conservador y más racional las actitudes humanas.
El
análisis
La lógica científica
que defiende el Dr. Bruce Miller va mucho más allá de las
características de la enfermedad que dice investigar, porque su
diagnóstico es parte de un nuevo proyecto "maccartista" lanzado
por el actual gobierno de los EE.UU. y cuyo objetivo fundamental es destruir las
ideas libertarias que se contraponen al neo-imperialismo globalizado iniciado en
las postrimerías del siglo XX.
"Todos los que no piensan como
nosotros, están locos y deben tratarse", es posible que piensen el
presidente Bush y los funcionarios de su gobierno.
Lo grave y a la vez ridículo
de esta categorización demoníaca contra el progresismo basada en
el fundamentalismo más retrógado que puede originarse en la
conciencia humana, es que no se trata de una discusión filosófica
de ideas contrapuestas sino que detrás de bambalinas es posible advertir
otras consecuencias que podrían terminar con una cacería humana
global de efectos devastadores, hacia los que se oponen a los deseos de los
EE.UU.
Imaginemos por un instante que todos
los que pensamos diferente seamos capturados, envueltos en un chaleco de fuerza
y remitidos a un Hospital Neuropsiquiátrico. Allí nos someten a un
"lavado de cerebro" que termina por cambiar nuestra personalidad para
adecuarnos al sistema que nos quieren imponer sin ningún tipo de
problemas. Sin ninguna duda, saldríamos convertidos en autómatas, cyborgs o como quieran
llamarle. Una clase de individuos que vemos a diario en infinidad de
películas de ciencia-ficción ¿ciencia ficción?,
producidas precisamente en el país donde se originan estas ideas
maquiavélicas.
Iniciativas
populares
Si nos remitimos a los problemas
locales, en el marco del proceso de decadencia económica, social y
política que se viene agudizando cada vez más en la Argentina,
hemos visto que últimamente han surgido numerosas propuestas para cambiar
la política, las instituciones y a quienes la
representan.
Una de las últimas
iniciativas populares proviene de un abogado que armó un programa
denominado "Hagamos algo", que entre otras cosas, propone un tope
salarial para funcionarios de jerarquía y promueve investigaciones
más rigurosas en el estado.
Siempre es bienvenida una idea de
estas características, sobre todo si puede significar cambios para
mejorar la vida de los argentinos. Sin embargo, la mayoría de las
propuestas caen en lo mismo: la corrupción o los topes en los salarios y
las jubilaciones de los funcionarios.
Por supuesto, no debe descartarse,
una iniciativa que ponga término a los excesos de la política,
pero tampoco la ciudadanía en su ánimo por producir cambios con
urgencia peque de ingenuidad. Sabemos que una amplia mayoría de los
legisladores actuales no van a votar una ley que los denuncie a sí
mismos. Y tal como sucede con la investigación a la Corte Suprema de
Justicia, la mayoría no se va a atrever a juzgar a nadie porque todos
tienen compromisos asumidos durante la década del
menemismo.
Por esa razón, los esfuerzos
de la sociedad deberían estar dirigidos a atacar los orígenes de
la degradación de las instituciones de nuestro país. O sea, en una
palabra, comenzar por el principio.
Y hay un tema muy importante que
debería ser encauzado urgentemente como proyecto de Ley aprovechando las
discusiones sobre la Reforma Política.
Se trata de certificar
fehacientemente por una Junta Médica de profesionales
"insobornables", la capacidad física, psíquica y de
buena conducta (antecedentes policiales, penales y comerciales) de todos los
candidatos a ejercer cargos públicos. Desde el presidente de la
nación hasta el último concejal de barrio y desde el ministro de
economía hasta el último asesor de una repartición
pública.
Porque si hay algo en que estoy de
acuerdo con la tesis del Dr. Bruce Miller, es que en muchos de nuestros
políticos hay innegables secuencias de procesos neurodegenerativos y de
enfermedades somáticas que empiezan trastornando la personalidad y puede
desembocar en diversas formas de demencia que después pagamos muy caro
todos los argentinos.