Ésta, la de hoy, entre otras cosas, tiene su
razón en el petróleo. Ésta... la de hoy, como tantas otras veces, tiene su razón
en que la economía de los EE.UU. está en bancarrota, su moneda depreciada y para
recuperarse no hay mejor salida que reflotar también el negocio de las
armas.
Es tan simple la lectura de estos hechos
consumados que no se necesitaría explicación alguna para iniciar este
comentario.
George W. Bush es el fiel reflejo de una galería
de presidentes estadounidenses que por incapacidad intelectual o por cobardía
natural, recurren a la guerra para mantenerse en el poder y de esa forma
continúan abasteciendo sus negocios familiares y los de sus amigos, aún a pesar
del riesgo de producir una hecatombe mundial.
Si consideramos la guerra como un crimen y, hay
abundante bibliografía sobre el tema que no deja lugar a dudas que "toda guerra
es un crimen", podemos observar que ninguno de estos personajes se hizo cargo
alguna vez de esos crímenes.
Sin embargo, cuando la guerra era considerada
gloria y honor porque los aliados en la Segunda Guerra Mundial liberaron al
mundo del nazismo, todos pedían derecho de autor.
Cuando se logra, a través de la propaganda,
glorificar el crimen de la guerra, es decir cuando se justifica lo
injustificable, los gobernantes de las naciones poderosas y sus cómplices, hacen
de la guerra la razón de su existencia.
La aparición en escena del Tribunal Penal
Internacional, inaugurado en La Haya recientemente, habilitado para juzgar el
genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes contra la Humanidad, aún a
pesar de no haber sido refrendado por una veintena de países, entre los que se
encuentran Estados Unidos, Rusia y China (por razones obvias), si actuara en
forma equitativa para juzgar esos crímenes, debería arrancarles a estos
fundamentalistas de la guerra una confesión, para que sea la humanidad quien los
juzgue.
Pero la realidad, lamentablemente, siempre nos
muestra lo contrario.
Estos criminales que gobiernan el mundo se
retiran, viajan, dan conferencias para contar sus experiencias, viven
tranquilamente con sus familias y juegan con sus nietos como si nada hubiera
pasado, mientras que gracias a sus decisiones muchos pueblos siguen revolcándose
en el dolor, la muerte, el hambre y la destrucción.
Por supuesto, también ganan odios... ¿por qué no
decirlo? Odios, que después se convierten en otras fórmulas de venganza y en la
muerte de otros seres humanos inocentes.
Estos asesinos, que no afrontan la
responsabilidad de provocar una guerra en soledad, sino que buscan compartirla
sea por afectos o negocios comunes con otros iguales, son insensibles a estos
detalles, sobre todo, si los hechos se desencadenan bien lejos de su territorio.
Las terribles circunstancias que se vivieron en
los EE.UU. el 11 de septiembre de 2001, han quedado sepultadas en el olvido y
hoy, el nuevo enemigo no es Bin Laden, que evidentemente le ganó la pulseada a
Bush, sino un irakí bendecido por las sucesivas administraciones estadounidenses
en momentos en que... ¿lo recuerdan? el mundo estaba dividido por la "guerra
fría".
¿Qué nueva guerra justa nos vienen a vender?
¿Qué cuento de niños se tragaron Blair, Aznar y Berlusconi para apoyar a Bush?
Sencillamente, participación y apoyo público a cambio de nuevas dádivas
económicas.
Acaso, ¿alguno de ellos tuvo la suficiente
valentía como para celebrar un referéndum y comprobar si su pueblo estaba o no
de acuerdo en participar de una guerra? No, ni siquiera eso. Si hubiera sido así, tendrían que haber desistido y dejar
que Bush se las arreglara solo.
Es evidente, que quienes hoy gobiernan el mundo
no aprendieron la lección de la historia. En realidad, tampoco les importa
aprenderla. Se prepararon toda la vida para obtener el poder a cualquier precio
y el honor de la gloria de una "guerra justa", según ellos, es lo mejor que les
puede pasar en sus vidas.
Se trata de una casta de individuos siniestros
que llegan al poder gracias a la sinrazón y no se van a
responsabilizar por el crimen de la guerra.
Peor... si durante
cualquier ataque mueren civiles indefensos van a justificarse diciendo que "fue
un error de cálculo". Daños colaterales le dicen técnicamente cuando masacran a
inocentes...
Sabemos que no es fácil castigar a un criminal
que está amparado por un ejército de cientos de miles de hombres armados y
victoriosos; que vive rodeado por armas destructivas de todo calibre mientras
permanece oculto en un bunker buscando la forma de cambiar negocios por sangre.
Pero si el castigo material no puede alcanzarlo por encima de sus misiles y
blindados, el castigo moral de la opinión pública debería ser definitivo y ante
esta posibilidad no puede haber fortaleza que lo proteja.
Nerón, Domiciano y Hitler, son asesinos
declarados por la sentencia del género humano y condenados a la suerte de los
criminales alevosos. Hay una larga lista en la historia de la humanidad que
merecen ese calificativo y es muy probable que si se levantaran de sus tumbas y
se presentasen ante las generaciones de esta época, serían despedazados por la
venganza popular.
Pues bien, este agente imponderable como lo es
la opinión, que antes necesitaba siglos para concentrarse, hoy se encuentra en
un momento ideal. La velocidad de las comunicaciones permiten que el fallo de un
jurado popular internacional los declare culpables y los condene por sus
crímenes contra la humanidad.
Decía Grocio en su obra "De la Guerra y la Paz"
que "si la causa de la guerra es injusta, en el caso mismo en que fuese
emprendida de una manera legal, todos los actos que nacen de ella son injustos,
de una injusticia íntima; de suerte que aquellos que a sabiendas cometen tales
actos, o cooperan con ellos, deben ser considerados como perteneciendo al número
de los que no pueden llegar al reino celestial sin penitencia.
Ahora bien, la verdadera penitencia -según
Grocio- si el tiempo y los medios lo permiten, exige absolutamente que aquel que
ha causado el perjuicio, sea matando, deteriorando los bienes o ejerciendo actos
de pillaje, repare este mismo perjuicio.
Pero en la era moderna, si algo nos separa del
medio evo, de las guerras justas y de las cruzadas, es precisamente la
responsabilidad. El mandatario moderno es un soberano democrático, cuya
soberanía no es personal sino de la nación,
que delega su ejercicio en su persona sin
abdicarlo.
El presidente de un país es el depositario de un
poder ajeno. Como tal, debe al depositante una rendición de cuentas permanente
de su gestión. Esta responsabilidad es la esencia del gobierno representativo,
es decir del verdadero gobierno libre y moderno.
Si por alguna razón se suprime esta
responsabilidad, el depositario, o sea el gobernante, se convierte en
propietario del poder soberano, en el rey absoluto de los estados de barbarie y
violencia que vive el mundo.
Es precisamente en esta etapa donde George W. Bush, como
muchos otros presidentes estadounidenses, por supuesto con Harry Truman a la
cabeza, han provocado y provocan la desaparición de vidas humanas, propias y
ajenas, por el solo hecho de imponer a los otros la arbitraria decisión de
obligarlos a vivir como ellos han pretendido y pretenden que los demás vivan.
Los nuevos césares del tercer milenio ya tienen nombres y
apellidos. He visto, en alguna publicación, catalogarlos con razón como el
"Cuarto Reich".
Por otra parte, el pueblo estadounidense o una gran mayoría de
él, también es cómplice de estas atrocidades, por aquello de que "la culpa no es
del chancho sino de quien le da de comer..."
Bastaría observar las últimas encuestas de opinión para darnos
cuenta como piensan. Hasta parecería que prendió muy fuerte el sentimiento de
sentirse envidiados por el resto del mundo: ¡¡¡"Defiendan
los intereses de los EE.UU., hagan lo que quieran, pero lejos de nuestras
fronteras..."!!! -parecen querer indicarle a sus gobernantes.
Para ellos... dedico estas conclusiones:
"Un país que vence al extranjero en los campos de
batalla, y que pide a su gobierno que proteja su incapacidad por medio de la
fuerza es prueba de una cobardía inexplicable y
vergonzosa".
"Si es gloria vencer al extranjero con las armas,
mayor gloria es vencerlo con el talento; porque lo primero es común a las
bestias y lo segundo a la propia naturaleza del hombre".