DERECHAS, IZQUIERDAS... LA RAZÓN DE
LA SINRAZÓN
(Por Roberto C. Neira).
Si nos ponemos a pensar en la evolución de la sociedad mundial en los
últimos 50 años descubrimos de inmediato que los países que después de la
Segunda Guerra tomaron las riendas del mundo para llevar a cabo sus propósitos
de dominación y expansión, la Unión Soviética y los EE.UU., dejaron de
ser enemigos en la actualidad para convertirse casi en aliados
incondicionales.
La caída del muro, un evento disfrazado
de epopeya histórica, que demostró la impericia de los "alemanes
democráticos" para llevar a cabo reformas económicas decisivas y para
negociar con sus socios soviéticos otras alternativas, sepultaron bajo los
escombros de la interminable pared berlinesa muchos años de
sufrimientos, injustas muertes y enfrentamientos estériles entre las dos
alemanias.
La suerte estaba echada antes de
empezar. Mientras en el mundo occidental se bailaba al compás del dólar, en
el Este europeo se canjeaban alimentos, educación o salud por promesas de
desarrollo y bienestar que llegaban con cuenta gotas. Si a eso, le
sumamos la decadencia de una clase política que de la noche a la mañana se
transformó en la burocracia del proletariado, la estrategia de poder
que EE.UU. viene pergeñando desde la segunda década del siglo XX se vio
favorecida por la interminable cadena de fracasos económicos que
fueron debilitando poco a poco las estructuras del
socialismo, especialmente en la Unión Soviética y en los países del Este
europeo.
Sin embargo, el exitoso
plan elaborado en distintas etapas por los EE.UU., como una partida de
ajedrez que usó de tablero al mundo, tuvo una continuidad histórica en sus
ejecutores, pese a las diferencias relativas que identifican a demócratas y
republicanos. Porque más allá de los escarceos y las rencillas comunes entre
adversarios políticos, lo que siempre estuvo en juego, era la dominación
del mundo a favor de las grandes corporaciones.
Llevó demasiado
tiempo consolidar el sistema. Muchísimas fueron las vidas que se perdieron en el
intento y el capital también. EE.UU. invirtió
cientos de miles de millones de dólares comprando voluntades
políticas, fomentando procesos de descomposición en países satélites de la
URSS, produciendo atentados y asesinatos, instigando golpes de estado y cuando
no hubo más remedio decidiendo la intervención militar directa con la excusa de
defender la libertad de los pueblos del mundo.
Todo esto, por supuesto, no se podría
haber llevado a cabo sin la decisión y complicidad de las grandes
corporaciones, el FMI, el BM y, principalmente, la ayuda táctica
y económica del grupo de países desarrollados que se alistan bajo
la denominación "G7".
En sintonía con esta valoración del
liderazgo mundial, un catedrático español, José de la Pozuelo
Ayerra, al que conocí por pura casualidad en Lisboa, durante
una velada realizada en el Palacio San Jorge, me aseguraba -mientras desde
lo alto de una de las torres del castillo observábamos la esplendorosa
iluminación de la ciudad- que los liberales son barrocos, porque el barroco
es una exageración de la riqueza, o sea una forma de castigar al Rey Midas.
Pozuelo Ayerra decía que: "como lo
tienen todo, tienen que exagerarlo hasta el hartazgo. Gastan en cosas
superficiales; son impulsores de la filosofía profana, de amores, sueños,
metáforas, vocabulario, personajes fuertes, graciosos imbéciles; todo pero en
grandes cantidades".
Según su interpretación, "cuando
la derecha triunfa, y triunfa, casi siempre, de la mano de los
liberales, acapara todo"... "Quieren usarlo todo al mismo tiempo. Tienen
terror al vacío, porque el vacío es la pobreza y la pobreza es la muerte". Y
agregó a modo de epitafio que son de naturaleza
insaciable: el hombre que quiere tenerlo todo para al final ser Dios; y si lo
fuese aún estaría frustrado porque querría más poderes.
Recordando esta conversación y
trasladando algunos de los conceptos de mi ocasional amigo a la terrible
agonía que vivimos los argentinos como nación no puedo dejar de otorgarle una
buena dosis de razón.
No hay nada más aleccionador que lo que
está pasando en la Argentina de nuestros días.
Lo que podríamos denominar partido del
gobierno, el Partido Justicialista, está inmerso en una interna tan
irrazonable como lo es también la permanencia de Duhalde al frente
de este gobierno de transición o como se lo quiera llamar.
El PJ quiere ser al mismo tiempo
derecha, izquierda y centro; pobre con los pobres, rico con los ricos,
banquero con los banqueros, ahorrista con los ahorristas, militar con los
militares, federalista con los federalistas, charlatán y silencioso, dictador y
demócrata, juez y verdugo, amigo y enemigo del FMI, defensor y crítico de
la pena de muerte. Todo al mismo tiempo...
Es como si quisieran tener
simultáneamente -tal cual lo pintaba mi interlocutor español- terciopelos,
plantas, perfumes, habanos, velas, ostras y caviar y asimilarlo todo...
Con lo cual lo único que se logra es anular y destrozar
todo lo que hacen. Es su desgracia,
pero no pueden contener su ansiedad.
Borges alguna vez los pintó de cuerpo
entero con aquella lapidaria frase: "los peronistas son incorregibles". Es que
cuando están en campaña, todo lo que pasa a su alrededor pasa a segundo
plano.
¿Cómo poner en caja a los malos
policías? ¿Cómo vencer la desocupación? ¿Cómo combatir la corrupción? ¿Cómo
devolver el dinero a los ahorristas? Son cosas que como ahora no se pueden
resolver, quedarán para el momento en que uno de ellos tenga la fortuna de
sentarse en el bienamado sillón presidencial. O sea, cuando sea
demasiado tarde para resolver cualquier problema.
Como en los viejos cuentos morales en
los que el borracho muere ahogado en un tonel de vino, es la misma mecánica
mental por la que quieren estar solos y ser el único partido político
vigente en la Argentina.
Cuando tenían menos sentido del
ridículo, porque el ridículo lo administraban con la censura desde el
aparato del estado, decían que el mundo tenía envidia de la Argentina y que
todos nos imitaban.
Ahora, mientras el gran patrón
americano se frota las manos y escucha de la boca de sus funcionarios los
ofrecimientos que le acercan nuestros representantes: mano de obra barata, leyes
favorables, aumentos de impuestos y de tarifas, reforma financiera para salvar a
los bancos, cancelación de intereses y actualización de las deudas y
apoyo a ciegas a los juegos de guerra en todos los estamentos internacionales,
se sienten como si fueran enviados de Dios.
Quizás los prágmáticos
representantes de nuestra cultura política están buscando bajo las
alfombras de la Casa Blanca o del FMI algún síntoma de que el capitalismo
se ha vuelto sentimental. Pero el capitalismo más
que sentimentalismo lo que tiene es chochera. Y eso es tanto o más peligroso que
"el zorro en libertad en el gallinero", por rememorar una frase que acuñó
la revolucionaria alemana Rosa de Luxemburgo, y que continúa
teniendo auténtica vigencia.
Pozuelo Ayerra no dejó de
referirse también a la izquierda, lo que en alguna medida me sirvió de prólogo y
de balanceo ideológico, para estudiar el comportamiento de los especímenes que
rondan por estas tierras.
De improviso me preguntó: ¿Te acuerdas
de los famosos cuadros revolucionarios, de unos jóvenes en las barricadas y,
flotando sobre ellos, una mujer con gorro frigio y los pechos al aire?
Sin darme demasiado tiempo para
rememorarlo, respondió: "no era por una razón sexual, o por una muestra de
libertad, sino porque son la fuente del primer alimento que recibe el hombre.
Sin duda aquellos muchachos revolucionarios habían sido mal amamantados por
mujeres mal alimentadas, y por eso hacían la revolución".
Hay muchas razones para explicarlo
-consideró, mientras elegía las palabras. La izquierda tiene ahora un vacío
interior, y quiere llenarlo. Quiere compensar su debilidad aumentando de peso y
de volumen. Los psiquiatras saben que, al contrario de lo que dice la
literatura, los que más comen y más seleccionan sus alimentos son aquéllos que
acaban de sufrir una catástrofe sentimental o los que sufren por la muerte de un
pariente próximo.
En definitiva, Pozuelo Ayerra
afirmaba que la izquierda está en regreso al estado pregenital. Al de antes
de nacer. Porque se están dando cuenta que su nacimiento político fue un error y
no quieren volver a repetirlo.
Sufrieron decepciones amorosas y
fallecieron sus padres: Marx, Mao... Se les ha muerto Polonia y el Chile de
Allende. Muchas desgracias en muy poco tiempo y no las han podido superar, sobre
todo, con el estómago vacío...
Ese lenguaje político de la izquierda
encerrado en sus propias evidencias, como una especie de explicalotodo,
sembrado de mayúsculas y singulares, reinvindicando asuntos simples porque se
dan cuenta que en la esquina los espera la complejidad, no alcanza para estos
días de desasosiego de los pueblos que sufren.
En un país, en donde lo que hace
segundos estaba sobre un pedestal termina cayéndose en un abismo, algo hay que
cambiar y no es precisamente el menú.
Los huérfanos de la Revolución y
los idealistas deben ser concientes de que en estos instantes resulta más útil
comprender un solo fragmento del mundo que la pretensión de querer
cambiarlo todo.
Están asistiendo a los funerales
de la política tradicional. Lo que significa que la
fragmentación del todo político o de la gran política arrastra a todos por
igual.
Por eso los nuevos protagonistas de las
nuevas luchas sociales, tienen una energía arrolladora sin sujeto ni objeto
conocidos.
Son masas en ira que no van, ni ven, más
allá del instante y de lo cotidiano. Masas sin pasado, sin destino, sin
espacio histórico definido, sin respuestas totalizantes, sin preguntas
universales.
Se trata de un ateísmo político que ha
renunciado a la toma del Poder, pero cuya sola presencia callejera desenmascara
la decadencia y mediocridad de una clase política en retirada.
Son ellos, pero... somos nosotros
mismos. Un todo, que todavía carece de presencia totalizadora pero que
es receptor de una misión histórica que
preanuncia "la refundación de una nueva república".