Cada día que pasa, noto un
grave defecto en los habitantes de estas tierras desoladas por una crisis sin
precedentes. Es como si no están prestando atención a lo que los
rodea, ni a lo que está pasando, ni a las enseñanzas que nos ha
dejado la historia reciente de nuestro país. Digo reciente a los
últimos sesenta años, remarcando los cambios que se generaron
entre el conservadorismo y los primeros años del peronismo.
Muchos extrañan todavía
ese pasado que alguna vez les permitió vivir algo mejor y también
hay otros que creen que ese pasado puede volver a repetirse, que no se trata de
una simple utopía.
Ni una cosa ni la otra. Las
épocas de vacas gordas no podían durar toda la vida. Sobre todo,
si dilapidábamos el tiempo y el dinero para concentrarnos en hacer
populismo, olvidándonos que en el país, además de pobres,
existía una clase media muy poderosa generadora de puestos de trabajo y
grandes familias de terratenientes que a través de su actividad
agrícolo-ganadera aseguraban el ingreso de divisas en tiempos de crisis
mundial.
Detrás vinieron otros
gobiernos. Militares que prometieron democracia pero sin elecciones libres.
Más tarde, gobiernos elegidos por el pueblo, que antepusieron sus odios y
revanchas antes que los intereses de la nación y, finalmente, otros, que
con perversidad criminal no prometieron nada porque querían perpetuarse
en el poder a costa de la sangre y las lágrimas de miles de argentinos.
Los tiempos fueron cambiando. Por fin
llegó la democracia y las nuevas realidades terminaron por dejar al
pueblo confundido y atrapado en las nuevas trampas de las crisis
económicas.
Se puso de moda el
"sálvese quién pueda", se acabó la solidaridad y
se formó un nuevo acuerdo político entre gobernantes y gobernados.
La extorsión fue la moneda de cambio de un nuevo estilo de hacer
política. Votos a cambio de estabilidad, fue la fórmula que la
mayoría de los argentinos aprobó y que sirvió para terminar
de destruir las instituciones del país.
Los votos, sirvieron para aumentar
las bancas en el senado, ampliar la mayoría en la cámara de
diputados y, entre otras cosas, para reelegir a un presidente por un nuevo
mandato de cuatro años.
En una palabra, los argentinos le
abrieron al zorro la puerta del gallinero y así nos fue... Nos quedamos
sin gallinas y con el zorro libre de culpa y cargo, casi empachado de tanto
comer.
En esta cuestión no podemos
deslindar responsabilidades. Porque también a los indiferentes les cabe
la culpa de esta entrega solapada del país.
Por si algunos no lo recuerdan esto
sucedió aquí... sí aquí, en la Argentina, entre 1989
y 1999.
De modo que además de
crédulos por falta de discernimiento, hemos sido escépticos por
haber sufrido tantos desengaños. Pero, por supuesto, no podemos achacarle
a las nuevas generaciones los errores que cometemos los mayores.
Por eso, la respuesta que nos dan los
jóvenes es simple y contundente. Se van...
Nuestros hijos y nietos buscan otros
horizontes y se disgrega la familia, el principal motivo de unión de una
sociedad.
Lo peor es que no podemos oponernos a
esto. Porque dejando de lado egoísmos personales, sólo deseamos la
felicidad para ellos y entonces debemos ayudarlos a que busquen su futuro en
otras tierras. ¿No es patético?
Sin embargo, esta simple verdad nos
encuentra absolutamente indiferentes. Ni los hechos tienen el poder de conmovernos. Pasan ante nosotros los
días y nos pasamos vegetando en la realidad del país, dejamos que
estos días pasen, luego los meses y los años, sin resolver ninguno
de los problemas que tenemos a diario e incluso dejando que se agraven por ceder
la responsabilidad de nuestro futuro a un puñado de dirigentes corruptos
e incapaces que nos gobiernan...
Porque así es nuestra forma de
hacer política.
Los pueblos no son tan dueños
de sus destinos que puedan escapar a las consecuencias de sus propios errores.
De modo que si tal como dicen en el escenario del mundo hay dos potencias
iguales: la libre elección y la fatalidad histórica, es
fácil darse cuenta de qué lado nos ha tocado vivir o
vegetar.
No obstante, lo peor que podemos hacer es resignarnos
aún enredados en nuestra
propia madeja y continuar engañándonos nosotros mismos, por
nuestro abandono y nuestra ignorancia.
¿Qué estamos haciendo
en vez de buscar una salida a la crisis institucional para enderezar el destino
de nuestro país?. No me digan que cacerolazos... Por favor, no sigamos
retrocediendo cada vez más en la realidad.
Verguenza deberíamos sentir al
haber roto la cadena de la tradición humana en materia de libertad.
Fíjense cómo nos miran
en el mundo. Damos lástima... Hemos perdido poco a poco las instituciones madres que aseguran un
régimen republicano: La
Justicia (corrompida e investigada); el Poder Ejecutivo (arbitrario aunque
técnicamente legal) y el Poder Legislativo (atestado por corruptos,
ineficientes e incapaces).
¿Cómo podemos concebir
una república en estas condiciones? Sin elecciones, sin la renovación periódica de los
mandatarios para corregir los abusos antes que éstos tomen proporciones
intolerables y evitar que quienes nos gobiernan quieran perpetuarse en el poder
a la sombra de una corte adicta en el senado y en diputados.
Comprendo que la convicción
profunda de ser inútil todo esfuerzo aparta a los ciudadanos
desinteresados de la cosa pública o los arroja a la desesperación
en las vías de la violencia.
Pero, ¿es esto lo que
pretendemos para nuestro país?
Pues bien, aún tenemos tiempo
para reaccionar. Pero no demasiado...
Estamos asistiendo a un simulacro de
gobierno, de origen legal pero ficticio en sus procedimientos por la carencia de
representatividad. Por lo tanto, aún pensando en la buena voluntad de sus
dirigentes, es un gobierno arbitrario e irresponsable.
Los poderes que ejercen no proceden
de un mandato popular y entonces las responsabilidades no son ejercidas
plenamente. Y un gobernante sin responsabilidad es un gobernante
arbitrario.
"Dios y la Patria os lo
demanden" es una frase que suena a hueca y por lo que se ve no compromete a
nadie. Sería preferible que los presidentes y funcionarios juren por sus
hijos, sus esposas, sus padres y por su patrimonio, como una buena
fórmula de comprometerlos ante sus intereses afectivos y
económicos.
Por último, les dejo una idea
para el análisis.
Si el pueblo por sí mismo es
incapaz de encontrar la persona capaz de hacer su felicidad, por qué no
exigir una reforma constitucional que elimine el sistema presidencialista, que
tantos dolores de cabeza nos ha dado, y buscamos otras formas de gobierno
democráticas.
"Un gobierno de los
mejores", una Junta de Notables (cada uno en su actividad) que elaboren un
Programa de Gobierno para nuestro futuro mediato e inmediato y que
también tengan potestad para elegir (a través del consenso
popular) a quienes nos representen, quizás podría ser una de las
soluciones a esta crisis.
Medite, piense, analice, discuta. Pero no se quede apabullado
por la realidad. Es lo peor que nos puede pasar.