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CRÓNICAS DEL PENSAMIENTO del Informe semanal Año 1 - Nº 6 - Mayo de 2004 Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido únicamente mencionando la fuente © Neira- Di Leone & Asociados 2004 |
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Publicación Interactiva Internaciona |
Los científicos de USA ocultaron la verdad durante años
¿Hay o no hay vida en Marte?
Por Roberto C. Neira*
"HAY VIDA EN MARTE..." Esta afirmación, concluyente, aparece impresa en tipografía de cinco cm.de altura en el título de tapa del vespertino La Razón del día viernes 16 de julio de 1965. La información, confirma la existencia de vida en el planeta rojo y fue obtenida durante el viaje interestelar del Mariner IV que se convirtió en la primera estación de TV interplanetaria del mundo.
Al recibir las primeras dos fotos del misterioso planeta (de una serie de veinte), los científicos norteamericanos saltaron de alegría y no era para menos. Por un lado, se trataba de la primera hazaña electrónica que podía dar un resultado cierto acerca de los principales secretos del planeta rojo y, por otro, le permitía a los EE.UU. tomar la vanguardia de la carrera espacial contra sus adversarios soviéticos, que ya les habían mojado la oreja un par de veces con los primeros viajes al espacio.
En aquella ocasión, Rusia aceptó la derrota con humildad, pues todos los cohetes que habían dirigido a Marte habían fracasado. Los científicos soviéticos elogiaron sin retaceos el éxito de la misión y se mostraron interesados en conocer los datos obtenidos por los científicos estadounidenses.
El viaje espacial del Mariner IV permitió reconocer la superficie de Marte. Dos de las primeras fotografías ya estaban en poder de la base espacial de Pasadena (California) y se estaba recibiendo la tercera de las 20 tomas previstas por los técnicos. La primera foto demoró 8 horas 35 minutos en ser transmitida completa a la Tierra y todo el proceso duraría alrededor de 10 días.
La zona mostrada por la toma, estaba situada a los 33º de latitud Norte, y 17º 2´ de longitud Este, que la ubica entre dos regiones desérticas denominadas por los astrónomos Philegra y Amazonis.
La primera foto fue enviada desde 215.000.000 de kilómetros. Los científicos descontaban que la característica del terreno marciano era de "tierra". No se sabía si los contrastes de luz y sombra señalaban valles y montañas, pero parecía que había niebla en zonas de su superficie. El rojo y ocre de Marte podría tener su origen en un compuesto ferroso cuya polvareda se levantaba en el cielo en virtud de las fuertes tormentas.
Las primeras informaciones confirmaban que en Marte no funcionaba la brújula porque no había magnetismo debido a las radiaciones externas. Las siguientes fotos, que completaban la veintena de tomas efectuadas al suelo marciano, demostraron, entre otras cosas, la supervivencia en la atmósfera marciana de micro-organismos que confirmaban algún tipo de vida sobre la superficie del planeta rojo.
Sin embargo, y, he aquí lo curioso, esta información fue celosamente guardada durante tres lustros provocando la indignación del mundo científico que no entendían los motivos del mutismo de los norteamericanos que, por supuesto, iban contra toda ética profesional.
El viaje de la Viking I
Quince años más tarde (1980) el novelista Ray Bradbury -autor de las célebres Crónicas Marcianas y de otras memorables obras de ciencia ficción- se devoraba nerviosamente las uñas frente a una pantalla de televisión, en la misma base espacial de Pasadena, California. Es que, en ese momento, alrededor de un millar de invitados especiales contemplaban, con los técnicos y funcionarios de la estación norteamericana, el descenso sobre la superficie de Marte de la nave Viking I; un vehículo espacial que, tras recorrer durante once meses alrededor de 400 millones de kilómetros, develaría uno de los misterios que más apasionaron al hombre en los últimos tiempos: la posibilidad de vida en el lejano planeta rojo (?).
El lugar elegido para el descenso fue un lago seco ubicado en un paraje denominado Chryse Planitia y que -según suponían los responsables del programa espacial- se asemejaba a los desiertos del norte de África. Allí, tras caer unos 250 kilómetros en paracaídas, desde la nave madre, la cápsula comenzó a tomar las primeras fotografías in situ del mitológico planeta.
Por supuesto, ninguno de los que recibieron estas imágenes iniciales en Pasadena esperaban encontrar en las pantallas a marcianos de cabeza verde, antenas y un solo ojo, tal como siempre fueron imaginados por los cultores de la ciencia ficción. Pero todos se planteaban los mismos difíciles interrogantes: las condiciones atmosféricas del lugar, ¿podrían permitir que existiera algún tipo de vida animal o vegetal? Y, si así fuera, ¿qué características tendrían esas plantas o seres vivientes?
A juzgar por las informaciones enviadas por la Viking I, se consideraba que existía una cierta presión atmosférica en Marte. Asimismo, habría agua, aunque no en estado líquido: las fotografías enviadas a tierra demostraban que el planeta poseía casquetes glaciares en sus dos polos, que se modificaban según las estaciones del año. La temperatura, a su vez, oscilaba entre los 120 grados bajo cero y los 60 grados centígrados.
En cuanto a la topografía marciana, se habían detectado desiertos y volcanes gigantescos: algunos de ellos alcanzaban los 9 kilómetros de altura. En base a estos y otros datos algo más específicos que se recibieron más tarde, los hombres de ciencia imaginaron las diferentes posibilidades de vida en el planeta.
Era obvio que hubiese sido importante chequear los resultados obtenidos por el Mariner IV con los de la Viking I. De lo poco que trascendió, se confirmaba nuevamente la existencia en Marte de micro-organismos microscópicos, semejantes a las algas o líquenes terrestres, cuyos tejidos estarían compuestos por carbono, hidrógeno, oxígeno y azoe.
¿Por qué se silenciaron los resultados?
El problema que originó el silencio absoluto sobre los descubrimientos de 1965 en la superficie marciana derivaban de una especulación que circuló de inmediato entre los científicos, y, que, por temor al ridículo, prefirieron callarla. Muchos de ellos estaban convencidos de la existencia de vida por distintas razones, pero algunas de estas razones resultaban muy difíciles de creer:
Si las primitivas formaciones - decían- llegaban a tener una contextura más desarrollada, se aproximarían sorprendentemente a la de los seres terrestres. Por consiguiente, se los podría encontrar en los lugares donde la temperatura es elevada y donde la presión atmosférica hubiese permitido que el agua alcanzara su estado líquido.
Surgieron también las más diversas hipótesis acerca de otro tipo de vida marciana capaz de prosperar en lugares sumamente fríos y carentes de agua.
¿Será así el recibimiento a los viajes tripulados de los norteamericanos?
Estos elementos deberían producir su propio calor, como asimismo su propio líquido, a partir del hidrógeno y el oxígeno existentes en su medio ambiente. Además, tendrían enormes dimensiones, como para no perder su calor interno, y estómagos a toda prueba: todos los habitantes de Marte serían petrófagos (o sea, comedores de piedras), o cristófagos (comedores de cristales).
Respecto de su fisonomía, explicaban que la cantidad de lluvias meteóricas que azotaban la superficie marciana permitía suponer que los seres en cuestión se encontrarían cubiertos por una suerte de armadura externa, semejante a la de los insectos terráqueos.
Podemos considerar entonces que una de las razones más poderosas para que los científicos norteamericanos ocultaran la información sobre los descubrimientos en Marte fue estrictamente por razones militares (guerra fría). Cuarenta años atrás el planeta técnicamente estaba dividido entre las dos superpotencias, Rusia y los EE.UU., que se adjudicaban mutuamente la tenencia de armas poderosas que podían destruir al mundo.
Otra razón tenía que ver con que durante más de treinta años, la misteriosa aparición de OVNIS (platillos y objetos voladores no identificados), conmovían a los seres humanos en todas las latitudes. Si se le hubiera agregado a estas misteriosas apariciones la confirmación de la existencia de algún tipo de vida en la superficie marciana, el peligro del caos se cernía sobre la humanidad.
¿Para qué sirvieron los últimos viajes a Marte?
Las dudas sobre la posibilidad de encontrar vida en Marte, aparentemente, continúan persistiendo en el mundo científico a pesar de haberse encontrado vestigios como los mencionados en anteriores exploraciones.
Un artículo publicado en el diario Clarín del 30 de marzo de 2004 (pág. 32 y 33) demuestra que las noticias sobre posibles indicios de vida y las especulaciones sobre micro-organismos y volcanes son las mismas que se publicaron hace 25 años. La mayoría de los datos de la atmósfera marciana coinciden con los expresados en los viajes del Mariner IV y de la Viking I.
Con el increíble avance desarrollado por la ciencia en la segunda mitad del siglo XX, cualquier hijo de vecino pudo haber imaginado en 1980 que, veinticinco años después del viaje a Marte de la Viking I, si bien, quizás, no se hubiese dado la posibilidad de concretar viajes tripulados, íbamos a disponer de mayores conocimientos sobre las características del planeta y de la comprobación de vida anunciadas en 1965 y en 1980.
Hoy, la única novedad es el descubrimiento de gas metano sobre la superficie de Marte, aunque las cantidades detectadas son mínimas: aproximadamente diez partes por cada mil millones. Sin embargo, como se oxida con rapidez y necesita una fuente que lo produzca se especula de nuevo con que el origen puede provenir de alguna forma de vida.
Lamentablemente, en lo que concierne a la investigación espacial se avanzó muy poco. Y si, por el contrario, se avanzó mucho, el secreto de esa información continúa siendo manipulado por las grandes potencias.
Lo real es que en estos últimos 25 años se dilapidaron recursos, seguramente multimillonarios, que fueron otorgados a la NASA y últimamente a la ESA (Agencia Espacial Europea) para comprobar los mismos datos que se habían recogido un cuarto de siglo antes.
Si bien es cierto que la ciencia sufre una crisis en el espíritu de sus representantes muy semejante al momento de desaliento que afectó a los investigadores del siglo XIX, los científicos han comenzado a inquietarse por los frecuentes retornos al mismo punto de conocimiento; algo así, como vivir un estado de saturación del descubrimiento.
Sienten vértigo al pensar en los enormes recursos que exigen a la sociedad para arrancar a la realidad una parte ínfima de información suplementaria. Los angustia la idea de que la mente llegará pronto al límite de sus capacidades de abstracción y de complejidad, incluso con la ayuda de las más modernas tecnologías. Evidentemente, se trata de una actitud claudicante que deberían cambiar por el bien de la humanidad.
Aunque aseguran que esta posición extrema no es general, se nota que está motorizada por el interés en el impulso tecnológico más que en el científico. Por lo tanto, si estas condiciones no cambian, en poco tiempo más, la ciencia va a resultar muy cara para lo poco que se viene obteniendo
ASOCIADA A ENSAMBLE 19